
Pastor David Jang
Hay momentos en que inclinamos la cabeza para orar y lo primero que nos viene a la mente son los esfuerzos que podríamos presentar ante Dios. Si los consideramos el precio que debemos pagar para que él nos acepte, ¿dónde podrá encontrar paz nuestra fe? El sermón del pastor David Jang sobre Gálatas 4 y 5 examina la diferencia entre la ley y la gracia a través de la alegoría de Agar y Sara. Quien cree en la salvación recibida en virtud de la promesa de Dios puede dejar atrás una vida dominada por la necesidad de demostrar su propio valor y avanzar hacia la libertad de amar al prójimo en el Espíritu.
El nacimiento de dos hijos y la diferencia entre dos pactos
En Gálatas 4:21 y los versículos siguientes, Pablo presenta uno junto al otro a los dos hijos de Abraham, Ismael e Isaac. Describe al hijo de Agar como nacido según la carne, y al hijo de Sara como nacido en virtud de la promesa. Las dos mujeres representan, de manera alegórica, dos pactos vinculados respectivamente con la esclavitud y la libertad. Lo que Pablo quiere aclarar es si el fundamento para ser declarado justo ante Dios reside en la capacidad humana o en la promesa que Dios ha dado.
La relación de Agar con el pacto del monte Sinaí y la referencia a la Jerusalén de arriba como expresión de libertad también deben leerse a la luz de esta pregunta. Cuando hacemos de la ley una condición para la salvación, terminamos apoyándonos en nuestras propias obras; los hijos de la promesa, en cambio, viven de la gracia que Dios les ha concedido. El nacimiento de Isaac no demuestra que sus padres reunieran todas las condiciones necesarias para tener un hijo. Manifiesta la fidelidad de Dios, que hizo posible que Sara diera a luz cuando, desde el punto de vista humano, apenas podía esperarse que tuviera un hijo.
Sara también vaciló mientras esperaba. En Génesis 16, Abraham y Sara intentaron tener un hijo por medio de Agar, y después vinieron el desprecio y los intentos de culparse unos a otros. El sermón interpreta aquella decisión como una muestra de cómo la impaciencia por asegurar resultados inmediatos puede desplazar la confianza en la promesa. Trataron de poner fin a su inquietud mediante cálculos humanos, pero el resultado que obtuvieron dio lugar a nuevos conflictos.
El pastor David Jang destaca que, incluso después de aquel fracaso, Dios volvió a confirmar su pacto en Génesis 17. Nuestra condición de hijos de la promesa se fundamenta en la fidelidad de Dios. Recordarlo reduce la necesidad de conseguir apresuradamente nuevos logros para ocultar nuestros fracasos. Podemos reconocer lo que hemos hecho mal, dejar en manos de Dios los resultados que intentábamos controlar por nuestras propias fuerzas y volver a cumplir con fidelidad la tarea que nos ha sido encomendada.
Cuando la obediencia se convierte en una condición para la salvación
Esta distinción no significa que debamos desechar la ley o tomar a la ligera la Palabra de Dios. La ley pone al descubierto el pecado y nos ayuda a comprender que no podemos hacernos justos por nosotros mismos. El problema surge cuando pretendemos convertir la Palabra que pone de manifiesto nuestro pecado en una garantía de nuestra propia salvación. La ley nos muestra lo que es justo, pero eso no significa que tenga el poder de salvar al pecador. Por ello, dirigimos la mirada a lo que Cristo ha realizado.
La enseñanza que perturbó a las iglesias de Galacia afirmaba que también los creyentes gentiles debían circuncidarse para alcanzar la salvación. Sin embargo, Abraham fue declarado justo por la fe, y la circuncisión era la señal de un pacto que ya había recibido. Cuando esa señal se transforma en una condición indispensable para la salvación, se introduce la idea de que a la gracia recibida por la fe le falta algo. A la confesión de fe en Cristo se le añade entonces un requisito que el ser humano debe cumplir para ser aceptado.
Por eso Pablo hace una advertencia tan severa en Gálatas 5:3–4. Quien acepta la circuncisión como condición para ser declarado justo queda obligado a cumplir toda la ley; buscar la justificación mediante la ley conduce a quedar separado de Cristo y a caer de la gracia. No se trata simplemente de añadir una norma más a la vida de fe. El fundamento de la salvación se desplaza de Cristo a los propios logros.
El evangelio, que anuncia que recibimos por la fe la salvación realizada mediante la cruz y la resurrección de Jesucristo, nos lleva a abandonar esos cálculos. No necesitamos vivir como si a la obra de Cristo le faltara una parte que nosotros debiéramos completar. La obediencia no es el precio que pagamos para obtener la salvación, sino la respuesta de quien ha sido salvado por gracia. Cuanto más confiamos en la gracia, más claramente comprendemos también el sentido de la obediencia.
Aun así, seguimos queriendo añadir nuestra propia aportación a la gracia. Contar lo que hemos cumplido y conseguido puede parecernos más seguro que confiar en la promesa recibida. Cuando administramos así nuestra vida de fe, el temor de los días en que fallamos crece en la misma medida que el orgullo de los días en que hacemos las cosas bien. El sermón insiste en la dependencia plena de Dios porque nuestros logros no pueden constituir el fundamento que nos permita presentarnos ante él.
En qué se apoyan los hijos de la promesa para vivir
Gálatas 5:1 nos exhorta a permanecer firmes en la libertad que Cristo nos ha dado y a no someternos de nuevo al yugo de la esclavitud. La libertad no se presenta aquí como una condición que todavía debamos adquirir mediante un esfuerzo mayor. La invitación es a confiar en la libertad que Cristo ya nos ha concedido y a permanecer en ella. Si situamos el centro de nuestra fe en los logros de cada día, buscaremos sin cesar nuevas pruebas para confirmar la gracia que ya hemos recibido.
El sermón relaciona esta libertad con nuestra condición de hijos que llaman Padre a Dios. Un hijo no tiene que demostrar desde cero que merece serlo cada vez que se acerca a su padre. Creer que el Espíritu Santo habita en nosotros nos lleva a revisar la actitud de quien ve a Dios como alguien que solo nos evalúa desde la distancia. Saber que incluso en los días de fracaso podemos acercarnos a él, reconocer nuestras faltas y pedir ayuda es el punto de partida de una oración que se apoya en la gracia.
Esta fe que depende de Dios no puede convertirse en una excusa para eludir nuestras responsabilidades. Si hay algo de lo que debamos arrepentirnos, hemos de cambiar de rumbo; si se nos ha confiado una tarea, hemos de cumplirla con fidelidad. Pero, en lugar de cargar con todo como si tuviéramos que alcanzar la perfección por nuestras propias fuerzas, vamos aprendiendo mientras pedimos la ayuda del Espíritu Santo. La gracia que necesitamos en el primer momento de nuestra salvación también nos sostiene hoy, mientras se forma nuestro carácter y aprendemos a obedecer.
La oración, la adoración y el servicio son prácticas valiosas que forman parte de esta vida. Sin embargo, aun al realizar el mismo servicio, si pretendemos comprar con él el derecho a recibir la aprobación de Dios, podemos sentir que los esfuerzos de otros nos arrebatan lo que nos corresponde. Cuando servimos por gratitud al amor que ya hemos recibido, encontramos motivos para alegrarnos también del trabajo de nuestros compañeros. Lo importante no es reducir nuestra entrega, sino examinar con honestidad qué pretendemos justificar con ella.
Cuando la libertad recibida por gracia se convierte en servicio por amor
En Gálatas 5:13, esa libertad toma una dirección inesperada. Pablo exhorta a no usarla como una oportunidad para la carne, sino a servirnos unos a otros por amor. A quienes han sido liberados del yugo de la esclavitud les pide que se hagan siervos unos de otros por amor. La primera esclavitud consiste en someterse a obligaciones para obtener la justificación; el segundo servicio es una vida en la que, sostenidos por la gracia recibida, nos entregamos voluntariamente por el bien del prójimo.
El pastor David Jang encuentra en la obra del Espíritu Santo la fuerza que hace posible este amor. Al andar según el Espíritu, como nos exhorta Gálatas 5:16, se manifiesta su fruto en el amor, la paciencia, la mansedumbre y el dominio propio. Esto incluye aprender a examinar nuestras reacciones ante el Señor, sin justificar las contiendas, las envidias o los arrebatos de ira en nombre de la libertad. Depender del Espíritu significa aprender a amar al prójimo en las decisiones de hoy.
Esperar el fruto del Espíritu implica también una práctica cotidiana. Examinar nuestra propia responsabilidad antes de culpar a los demás y dedicar tiempo a escuchar lo que la otra persona está viviendo forman parte de ese proceso. A través de estas decisiones, la paciencia y la mansedumbre dejan de ser meras ideas y van convirtiéndose en hábitos de vida. Podemos arrepentirnos y pedir ayuda incluso cuando volvemos a encontrarnos con nuestra debilidad, porque también dependemos de Dios para recibir el poder que nos transforma.
Hubo un tiempo en que los creyentes de Galacia compartían un amor capaz de cuidar a Pablo durante su enfermedad. Pero, cuando se introdujo una enseñanza que añadía condiciones a la salvación, la comunidad se vio sacudida y comenzaron a condenarse unos a otros. Cuanto más nos obsesionamos con demostrar que somos personas dignas, más fácil resulta convertir los fracasos ajenos en pruebas de nuestra propia justicia. Cuando recordamos que todos hemos sido llamados por gracia, encontramos razones para esforzarnos juntos por la restauración de quien ha fallado.
Esta libertad adquiere una forma concreta cuando permanecemos al lado de quien ha obrado mal para ayudarlo a rectificar, sin restar importancia a su responsabilidad, o cuando compartimos de buena gana tareas que nadie reconoce. La exhortación de Gálatas 6:2 a llevar las cargas unos de otros sigue esa misma dirección. El fruto del amor no puede convertirse en un elemento más de una lista con la que volvamos a calcular si merecemos ser aceptados por Dios. Debemos reconocerlo como una expresión de la gracia recibida que llega a nuestro prójimo.
La próxima vez que comencemos a orar, podemos recordar, antes que lo que hemos logrado hoy, la gracia de Cristo que nos ha acogido. Entonces, la oración en la que exhibíamos nuestros esfuerzos puede profundizarse al reconocer nuestras carencias y pedir ayuda; y el trabajo al que nos aferrábamos para obtener reconocimiento puede transformarse en un servicio atento al prójimo. La libertad concedida a los hijos de la promesa también se manifiesta en ese pequeño cambio de dirección. ¿Amo para ser aceptado por Dios, o sirvo a alguien movido por el amor que ya he recibido?
El Dr. David Jang ha llevado el evangelio a diversas regiones del mundo a través de la misión en el campo y del ministerio de medios digitales. Como fruto de ese ministerio, se han levantado muchas personas dedicadas a la Gran Comisión. Sobre la base de esta visión misionera, Olivet comenzó inicialmente como una pequeña escuela eclesiástica para la formación de misioneros. Posteriormente, con el fin de ofrecer una educación teológica más sistemática y formar líderes misioneros, en el año 2000 se establecieron el Colegio Teológico y el Seminario Olivet en Los Ángeles y Seúl.
A medida que la escuela crecía, el Dr. Jang fundó oficialmente Olivet University en San Francisco en 2004. En medio de la diversidad y el ambiente dinámico de San Francisco, Olivet amplió sus áreas educativas, centradas en la teología, hacia campos como la música, el periodismo, el arte y diseño, y la tecnología. Además, fortaleció su capacidad académica incorporando a profesores como el Dr. William Wagner, y en 2005 se trasladó al antiguo campus de extensión del centro de UC Berkeley, consolidando aún más sus bases como universidad.
En 2006, el Dr. Jang cedió el cargo de rector al Dr. David James Randolph para concentrarse más plenamente en la obra misionera, y dirigió el ministerio misionero mundial como presidente internacional. Posteriormente, Olivet University obtuvo la acreditación institucional en 2009, añadió la Facultad de Educación Lingüística y la Escuela de Negocios, y continuó creciendo como una institución educativa cristiana para la misión mundial, ampliando sus programas de grado y sus relaciones de cooperación internacional.
Sitio web oficial de David Jang: www.davidjang.org




